Breve texto sobre la cultura Chicha
A pedido del querido Mario Ricci, un breve texto sobre la cultura Chicha en el Perú. Estas líneas fueron gentilmente usadas por Mario como prólogo para el libro que editó (en una semana), como tesis para su maestría en Madrid.
Chicha Kulta.
Hace poco más de 7 años, preparando un ensayo acerca de la prensa en el Perú y la forma cómo fue saqueada por el ex presidente Alberto Fujimori y su interminable retahíla de secuaces, recalé en el concepto de “prensa chicha”.
El término sonaba cada vez más en los medios, como referencia a un grupo de pasquines editados a fines de los años 90 desde el Servicio Nacional de Inteligencia del Perú donde se derrumbaba moral, social y hasta financieramente a cualquiera que osara oponerse a la egocéntrica intentona de Fujimori de perpetuarse en Palacio de Gobierno.
Rata de biblioteca como soy, traté de pasar por culto y me adentré en el concepto “chicha”.
Busqué la definición literal del término en Martha Hildebrandt, lingüista peruana con adusto gesto de maestra de primaria, boca de capitán de barco atunero y a la sazón, Congresista de la República; revisé además los ensayos de Juan Gargurevich, acerca del nacimiento del fenómeno chicha, además de las telúricas y dolorosas líneas de José Matos Mar, que explican cómo éste se configura por un choque de dos culturas: la costeña, criolla hija de la colonia y obnubilada por su egocentrismo y la de las masas andinas más pobres del Perú.
Vale la pena la salvedad: esta masa andina ya no es aquella de los indómitos Incas, sino la de sus descendientes, quienes migraron a la capital en la segunda mitad del siglo pasado, escapando de la anomia, la ausencia del Estado y la sangre derramada por dos décadas de guerra fratricida iniciada por Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.
Ilusos nosotros, hace 7 años no teníamos referencia de la forma cómo la cultura chicha iba a dejar de ser patrimonio exclusivo de ese arroz con mango que se produjo en la cabeza del poblador andino, que vino a buscarse la vida a la gran ciudad: desde Los Shapis, padres de un estilo musical que en su momento conquistó Sudamérica y Europa con su tema “Muchacho Provinciano”, hasta el chofer de combi, medio de transporte muy peruano, hijo de la necesidad y la emergencia social, que te zampa el carro para luego vociferar, voz en cuello: “pensando pe’ varón”.
Todo ello sin olvidar al patín que vendía hisopos en el Jirón Cuzco, en pleno Lima Downtown, o a la tía que prepara Salchihueso, una suerte de huesos arrebozados con huevo, a dos cuadras del mercado del puerto del Callao.
Parientes en primer grado de la necesidad, del recurseo, de la falta de oportunidades, de la desesperación, ellos, como muchos peruanos, torcieron una estructura social excluyente y la adecuaron a sus posibilidades sin saber que estaban sembrando la semilla de un nuevo peruano.
Gracia s a ellos, hoy asistimos a un sorprendente fenómeno: la cultura chicha se ha acoplado a esa cosmovisión costeña, socialmente dominante y estrechamente miamiense que hasta hace unos años la rechazaba; y eso, le empieza a dar la legitimidad social que nunca tuvo.
Esta mañana aún retumban en mi cabeza la música del Grupo 5 de Monsefú, suerte de Big Band cumbianchera que este verano ha puesto a las niñas más lindas de la high del Perú a bailar y que me acompañó ayer durante las dos horas de ruta entre Mancora y Piura.
Además, estoy seguro que hoy, sábado de verano, Abelardo Gutiérrez Alanya, a.k.a. Tongo, (un folklórico cantante, abanderado de esta corriente)paseará su anatomía tamaño congeladora de dos cuerpos por los escenarios del exclusivo balneario de Asia, donde una cada vez más “enchichada” e indescifrable clase dominante alterna cumbia con sofisticados Apple martinnis.
Una mezcla de Nueva York con el ande peruano donde no hay vencedores ni vencidos, donde cada cual mantiene su lugar, se miran, se tocan y se entrelazan, pero eso sí, al menos por ahora, jamás harán el amor.
Porque una cosa, darling, es cantar a viva voz el éxito de Tongo, “La Pituca” (*), en la exclusiva discoteca Nikita, pasado de copas, un sábado a las 4 de la mañana y la otra, tenlo muy claro, es escucharla en tu IPOD, mientras corres en la faja del gimnasio, o tararearla mientras vas manejando tu AUDI A4 por las calles del tradicional distrito limeño de San Isidro.
Vistas las cosas así, la chicha ya no es más la empleada doméstica traída de la sierra.
Y si bien aún no es la señora de la casa, al menos califica como estudiante de cualquier instituto de secretariado o academia de computación clase mediera, busca un futuro, estudia, trata de progresar, usa el Messenger y tiene su tarjetita de crédito de Almacenes Ripley para comprarse su jean y su top y estar a la moda.
Hoy, la tarea que tenemos es lograr que las muchas taras, complejos, formas y estilos aún lamentables y naturalmente anómicos de nuestra querida “chicha” se conviertan en un recuerdo y que sus mejores virtudes se potencialicen y sean una marca inequívoca en la frente de todo peruano.
Quién sabe, de cumplir nuestro encargo, quizás es algunos años asistamos al nacimiento de una nueva y orgullosa cultura peruana. Una que respete nuestro enorme pasado, incorpore nuestras diferencias y pueda mirar a un futuro de progreso.
Eso sí, esa modernidad peruvian style debe contar con un requisito indispensable: no dejar de lado nuestra querida, bien amada y cada vez más socialmente ascendente kultura chicha.
Miguel A. Ugaz Gaviño
Lima, Perú. Febrero 2008
(*) Pituco (a):
Según RAE: coloq. Perú. Dicho de una persona: De clase alta.
Según el uso peruano – chicha: Sujeto que tiene fichas (plata), una cañaza (auto último modelo), un jato (casa) en la playa y chotea (discrimina) a los cholos (autóctonos peruanos).
Gutiérrez Alanya ha popularizado entre las clases altas la canción “La Pituca”. Para cantarla sólo debe repetirse unas 200 veces “Yo tengo una pituca”. También ha compuesto una versión en inglés (“I have a Pituca”).