Disquisiciones del arquero más enano del mundo
Cuando me preguntan porque nunca crecí siempre utilizo el mismo recurso.
Más allá de excusarme diciendo que es una cuestión genética o porque fumé desde chico – tonta creencia además – o porque no tomé toda la leche, prefiero no perder el tiempo y recurrir a un inteligente recurso: el de la talla promedio.
En el Perú, ser un ciudadano de talla “promedio” equivale a un eufemismo para “enano”.
Orgullosamente lo puedo decir, soy un peruano promedio, mido 170 centímetros. Lo puedo hacer ahora con desparpajo, porque allá por 1995, cuando dejé el colegio, mi talla truncó uno de mis más grandes sueños.
No, no quería ser un recio miembro de las Fuerzas Armadas, ni galán de catálogo, ni “purser” en una aerolínea, quería hacer algo para lo cual necesariamente se necesita tener mucha más talla de la que tengo: quería ser arquero de un equipo de fútbol profesional.
La historia comienza en 1990, cuando en las pichangas del parque de mi barrio se necesitaba alguien que se parará entre aquellos dos árboles y literalmente fuera un “obstáculo” para el equipo contrario, algo así como un tercer tronco clavado estratégicamente en medio del improvisado arco.
Nunca mejor aplicado un prejuicio, además. Si usted piensa que un arquero es aquel que no tiene ningún tipo de habilidad con los pies, y que además es el gordito maletón, que nadie quiere en su equipo, he de decirle que en mi caso está en todo lo correcto.
Nunca fui bueno con la pelota, aún me es imposible hacer un dribling decente y mi cintura se asemeja más al tronco que fungía de palo de arco que al endiablado Ronaldinho Gaucho.
Pero aún así me cuadré en el grass del parque y poco a poco, quizás por haber jugado basket durante algún tiempo, mis manos, que estaban ya entrenadas para atrapar balones, fueron deteniendo cada vez más puntazos endiablados.
Del parque de mi casa pasé a las canchas de fulbito, aún con una terrible y arcaica técnica y luego al equipo de fútbol de colegio, lo cual equivalía, según yo, a un excelente gancho para atrapar chicas.
Más allá de lograr que las chicas murieran por mí – cosa que nunca ocurrió – acumulé, en aquellas largas tardes en la cancha un cúmulo de experiencias que, vistas ahora, terminaron configurando la persona que soy.
De vago empedernido pasé a ser el más asiduo, correlón y empeñoso de mis compañeros, me quedaba a hacer “horas extras” practicando cómo cortar centros, hacer achiques y volar de palo a palo. Examinaba y literalmente me tragaba todos los partidos de la pobre programación futbolera de la época solamente para analizar las actuaciones de mis ídolos.
Así, cada día de partido oficial, me aparecía yo, el más afanoso de todos, en coloridas camisetas de colores insoportables, guantes morados con negro y pantalones de arquero con las medias por encima de las canilleras, muy a la moda dicho sea de paso.
De las cosas que aprendí del fútbol están por sobre todo la disciplina y el trabajo fuerte, aprendí que no importa qué quieras en la vida debes chambear duro, aprendí la responsabilidad y por sobre todo la solidaridad, el trabajo en equipo; desde lo solitario del puesto de retaguardia me di cuenta de lo fundamental que es poder examinar las cosas en perspectiva, de ver el gran panorama antes que las jugadas específicas.
Me di cuenta además que no siempre puedes ganar, no sólo en la cancha, y que a pesar de haber tenido la peor tarde del mundo, siempre hay la extraña posibilidad de la revancha; aprendí además a no dejarme “pisar el poncho” por nadie. Sea esto bueno o malo, me ha servido para enfrentarme a todos los abusivos que van por la vida creyendo pueden pasar por encima del resto.
Y como bien dicen, el de arquero es el puesto del más loco del equipo, y a punta de regalar infinidad de goles, conocí como se puede vivir cargando con la responsabilidad de los errores propios, enfrentarlos y tratar de nunca volver a cometerlos.
Acabé el colegio y me fue imposible seguir; la “talla de peruano promedio” me lo impedía, ningún club me recibiría en las menores, donde arqueros de talla monumental me dejaban, literalmente, por los suelos; por una época viví una pequeña frustración y una especie de resentimiento con mi humilde metro 70.
A pesar de eso siempre he guardado excelentes recuerdos de esos tiempos, me divertí a lo grande y a la vez comprobé que ese viejo, gastado y casi huachafo cliché que repetía un insoportable profesor de matemáticas “el deporte forma el carácter”, es en cierta forma muy real.
Por suerte para ser periodista y escribir estas tonterías, que sólo me interesen a mí, no hay talla específica, sólo se necesita ser lo suficientemente alto como para poder sentarse frente al teclado, al menos a la silla alcanzo a llegar.
Ahora, con unos kilos de más y bastante fuera de forma, me queda de las buenas tardes, los amigos futboleros y por sobre todo la capacidad para jugar fulbito, ese tan peruano juego que permite no despedirnos de la adolescencia a pesar de ser adultos, y que por sobre todo hace que este tipo, enano para el fútbol, y aún incapaz de hacer una gambeta, sea feliz bajo los palos y haya aprendido, desde la soledad de las últimas líneas, a analizar las perspectivas en desmedro de las pequeñeces.
Cuando me preguntan porque nunca crecí siempre utilizo el mismo recurso.
Más allá de excusarme diciendo que es una cuestión genética o porque fumé desde chico – tonta creencia además – o porque no tomé toda la leche, prefiero no perder el tiempo y recurrir a un inteligente recurso: el de la talla promedio.
En el Perú, ser un ciudadano de talla “promedio” equivale a un eufemismo para “enano”.
Orgullosamente lo puedo decir, soy un peruano promedio, mido 170 centímetros. Lo puedo hacer ahora con desparpajo, porque allá por 1995, cuando dejé el colegio, mi talla truncó uno de mis más grandes sueños.
No, no quería ser un recio miembro de las Fuerzas Armadas, ni galán de catálogo, ni “purser” en una aerolínea, quería hacer algo para lo cual necesariamente se necesita tener mucha más talla de la que tengo: quería ser arquero de un equipo de fútbol profesional.
La historia comienza en 1990, cuando en las pichangas del parque de mi barrio se necesitaba alguien que se parará entre aquellos dos árboles y literalmente fuera un “obstáculo” para el equipo contrario, algo así como un tercer tronco clavado estratégicamente en medio del improvisado arco.
Nunca mejor aplicado un prejuicio, además. Si usted piensa que un arquero es aquel que no tiene ningún tipo de habilidad con los pies, y que además es el gordito maletón, que nadie quiere en su equipo, he de decirle que en mi caso está en todo lo correcto.
Nunca fui bueno con la pelota, aún me es imposible hacer un dribling decente y mi cintura se asemeja más al tronco que fungía de palo de arco que al endiablado Ronaldinho Gaucho.
Pero aún así me cuadré en el grass del parque y poco a poco, quizás por haber jugado basket durante algún tiempo, mis manos, que estaban ya entrenadas para atrapar balones, fueron deteniendo cada vez más puntazos endiablados.
Del parque de mi casa pasé a las canchas de fulbito, aún con una terrible y arcaica técnica y luego al equipo de fútbol de colegio, lo cual equivalía, según yo, a un excelente gancho para atrapar chicas.
Más allá de lograr que las chicas murieran por mí – cosa que nunca ocurrió – acumulé, en aquellas largas tardes en la cancha un cúmulo de experiencias que, vistas ahora, terminaron configurando la persona que soy.
De vago empedernido pasé a ser el más asiduo, correlón y empeñoso de mis compañeros, me quedaba a hacer “horas extras” practicando cómo cortar centros, hacer achiques y volar de palo a palo. Examinaba y literalmente me tragaba todos los partidos de la pobre programación futbolera de la época solamente para analizar las actuaciones de mis ídolos.
Así, cada día de partido oficial, me aparecía yo, el más afanoso de todos, en coloridas camisetas de colores insoportables, guantes morados con negro y pantalones de arquero con las medias por encima de las canilleras, muy a la moda dicho sea de paso.
De las cosas que aprendí del fútbol están por sobre todo la disciplina y el trabajo fuerte, aprendí que no importa qué quieras en la vida debes chambear duro, aprendí la responsabilidad y por sobre todo la solidaridad, el trabajo en equipo; desde lo solitario del puesto de retaguardia me di cuenta de lo fundamental que es poder examinar las cosas en perspectiva, de ver el gran panorama antes que las jugadas específicas.
Me di cuenta además que no siempre puedes ganar, no sólo en la cancha, y que a pesar de haber tenido la peor tarde del mundo, siempre hay la extraña posibilidad de la revancha; aprendí además a no dejarme “pisar el poncho” por nadie. Sea esto bueno o malo, me ha servido para enfrentarme a todos los abusivos que van por la vida creyendo pueden pasar por encima del resto.
Y como bien dicen, el de arquero es el puesto del más loco del equipo, y a punta de regalar infinidad de goles, conocí como se puede vivir cargando con la responsabilidad de los errores propios, enfrentarlos y tratar de nunca volver a cometerlos.
Acabé el colegio y me fue imposible seguir; la “talla de peruano promedio” me lo impedía, ningún club me recibiría en las menores, donde arqueros de talla monumental me dejaban, literalmente, por los suelos; por una época viví una pequeña frustración y una especie de resentimiento con mi humilde metro 70.
A pesar de eso siempre he guardado excelentes recuerdos de esos tiempos, me divertí a lo grande y a la vez comprobé que ese viejo, gastado y casi huachafo cliché que repetía un insoportable profesor de matemáticas “el deporte forma el carácter”, es en cierta forma muy real.
Por suerte para ser periodista y escribir estas tonterías, que sólo me interesen a mí, no hay talla específica, sólo se necesita ser lo suficientemente alto como para poder sentarse frente al teclado, al menos a la silla alcanzo a llegar.
Ahora, con unos kilos de más y bastante fuera de forma, me queda de las buenas tardes, los amigos futboleros y por sobre todo la capacidad para jugar fulbito, ese tan peruano juego que permite no despedirnos de la adolescencia a pesar de ser adultos, y que por sobre todo hace que este tipo, enano para el fútbol, y aún incapaz de hacer una gambeta, sea feliz bajo los palos y haya aprendido, desde la soledad de las últimas líneas, a analizar las perspectivas en desmedro de las pequeñeces.
