Algunas reflexiones luego del nombramiento de Ratzinger
Habemus Papam: Excomúlguenme por favor
La segunda fumata paralizó la oficina. Tal como debe haber ocurrido en gran parte del mundo cristiano, Manuel, Mara y yo sostuvimos una breve y nerviosa, pero acalorada discusión acerca del color del tan mentado humo que, a nuestro humilde y comunicador entender y viviendo por primera vez una situación de este tipo, parecía más el de las anticucheras del Estadio Nacional, que aquel que anunciaba a un nuevo Pontifice.
Mientras tanto CNN se desgañitaba, con corresponsal en Roma incluido, en asegurar que el humo era negro y que deberíamos esperar hasta una nueva votación.
Sin embargo las cosas se aclararon, el color del humo también, CNN se tuvo que comer otro sapo – en la víspera de la muerte de Juan Pablo II anunciaron su fallecimiento y luego tuvieron que desmentirlo- y las campanas trajeron para algunos la buena nueva. Para mi fue solamente la confirmación de algo que me temía.
Habemus Papa, anunció el obispo Jorge Medina Estévez y en los segundos siguientes, cinematográficamente alargados para crear una mayor expectativa digna de transmisión vía satélite a nivel mundial, algún gracioso, me incluyo, bromeamos diciendo: Cardinale Cipriani.
Sin embargo, la cosa fue mucho peor.
La figura de Joseph Ratzinger, saludando a su grey, he de confesarlo, me causó un primer rechazo y una reticencia que aún no puedo asegurar como justificada, pero que, ante las notables evidencias, al menos preocupa.
A comparación del notable, aunque justificadamente cuestionado, Wojtyla, levantando una trémula mano, como pidiendo permiso para entrar, Ratzinger caminó a paso firme al balcón, asumiendo con facilidad el título de príncipe que el Derecho Canónico le ha conferido y con pinta de canchero, como si estuviera conciente que de ahora en adelante dirigirá los destinos de uno de los Estados más ricos y políticamente influyentes del orbe.
Ratzinger fue por mucho tiempo la mano derecha de Juan Pablo II. Todo parece indicar que fue la mano en la que se apoyó el Opus Dei para su rápido y eficaz crecimiento como una de las corrientes teológicas más fuertes en el Vaticano.
Como director del Colegio Cardenalicio, el ahora Benedicto XVI tiene entre sus perlas las condenas al uso de anticonceptivos y el matrimonio entre homosexuales, además del pedido para que no se administre la comunión a aquellos políticos que, durante la carrera electoral del 2004 en Estados Unidos, hubieran apoyado el aborto.
A Ratzinger se le sindica como parte del ala derecha radical de la Iglesia Católica, opuesta a corrientes mucho más abiertas y tolerantes como la Teología de la Liberación.
Si la Iglesia había avanzado en cuestiones sustanciales, como el perdón papal por los dos mil años de crímenes o la aceptación de otras religiones como otras opciones de vida, el panorama con Ratzinger no se ve nada halagûeño y más bien pinta como el de una Iglesia que no modernizará conceptos ni avanzará de acuerdo a las necesidades de un mundo que se dirige por caminos de enormes desigualdades, profundas escisiones y pauperización progresiva de los niveles de vida
Aquí sólo unas perlas del nuevo Papa –cortesía de la página web del diario El Mundo de España-:
«La homosexualidad es un desorden objetivo. La Iglesia debe acoger con respeto, compasión y delicadeza a las personas homosexuales, pero exigiéndoles que vivan en castidad»
«El rock es la expresión de pasiones elementales, que en las grandes concentraciones musicales adoptaron caracteres culturales, es decir, de contraculto, de lo que se opone al culto cristiano»
«Los regímenes comunistas que llegaron al poder en nombre de la liberación del pueblo son una vergüenza de nuestro tiempo»
«Sólo en la Iglesia Católica existe la salvación eterna»
Por lo pronto, estoy pensando seriamente en pedir mi excomunión de la Iglesia Católica. Estoy casi seguro que el Derecho Canónico no prevee casos como el mío, así que tengo pensado hacerlo públicamente, con sendas cartas a los medios de comunicación más influyentes del país.
Atentos entonces.
La segunda fumata paralizó la oficina. Tal como debe haber ocurrido en gran parte del mundo cristiano, Manuel, Mara y yo sostuvimos una breve y nerviosa, pero acalorada discusión acerca del color del tan mentado humo que, a nuestro humilde y comunicador entender y viviendo por primera vez una situación de este tipo, parecía más el de las anticucheras del Estadio Nacional, que aquel que anunciaba a un nuevo Pontifice.
Mientras tanto CNN se desgañitaba, con corresponsal en Roma incluido, en asegurar que el humo era negro y que deberíamos esperar hasta una nueva votación.
Sin embargo las cosas se aclararon, el color del humo también, CNN se tuvo que comer otro sapo – en la víspera de la muerte de Juan Pablo II anunciaron su fallecimiento y luego tuvieron que desmentirlo- y las campanas trajeron para algunos la buena nueva. Para mi fue solamente la confirmación de algo que me temía.
Habemus Papa, anunció el obispo Jorge Medina Estévez y en los segundos siguientes, cinematográficamente alargados para crear una mayor expectativa digna de transmisión vía satélite a nivel mundial, algún gracioso, me incluyo, bromeamos diciendo: Cardinale Cipriani.
Sin embargo, la cosa fue mucho peor.
La figura de Joseph Ratzinger, saludando a su grey, he de confesarlo, me causó un primer rechazo y una reticencia que aún no puedo asegurar como justificada, pero que, ante las notables evidencias, al menos preocupa.
A comparación del notable, aunque justificadamente cuestionado, Wojtyla, levantando una trémula mano, como pidiendo permiso para entrar, Ratzinger caminó a paso firme al balcón, asumiendo con facilidad el título de príncipe que el Derecho Canónico le ha conferido y con pinta de canchero, como si estuviera conciente que de ahora en adelante dirigirá los destinos de uno de los Estados más ricos y políticamente influyentes del orbe.
Ratzinger fue por mucho tiempo la mano derecha de Juan Pablo II. Todo parece indicar que fue la mano en la que se apoyó el Opus Dei para su rápido y eficaz crecimiento como una de las corrientes teológicas más fuertes en el Vaticano.
Como director del Colegio Cardenalicio, el ahora Benedicto XVI tiene entre sus perlas las condenas al uso de anticonceptivos y el matrimonio entre homosexuales, además del pedido para que no se administre la comunión a aquellos políticos que, durante la carrera electoral del 2004 en Estados Unidos, hubieran apoyado el aborto.
A Ratzinger se le sindica como parte del ala derecha radical de la Iglesia Católica, opuesta a corrientes mucho más abiertas y tolerantes como la Teología de la Liberación.
Si la Iglesia había avanzado en cuestiones sustanciales, como el perdón papal por los dos mil años de crímenes o la aceptación de otras religiones como otras opciones de vida, el panorama con Ratzinger no se ve nada halagûeño y más bien pinta como el de una Iglesia que no modernizará conceptos ni avanzará de acuerdo a las necesidades de un mundo que se dirige por caminos de enormes desigualdades, profundas escisiones y pauperización progresiva de los niveles de vida
Aquí sólo unas perlas del nuevo Papa –cortesía de la página web del diario El Mundo de España-:
«La homosexualidad es un desorden objetivo. La Iglesia debe acoger con respeto, compasión y delicadeza a las personas homosexuales, pero exigiéndoles que vivan en castidad»
«El rock es la expresión de pasiones elementales, que en las grandes concentraciones musicales adoptaron caracteres culturales, es decir, de contraculto, de lo que se opone al culto cristiano»
«Los regímenes comunistas que llegaron al poder en nombre de la liberación del pueblo son una vergüenza de nuestro tiempo»
«Sólo en la Iglesia Católica existe la salvación eterna»
Por lo pronto, estoy pensando seriamente en pedir mi excomunión de la Iglesia Católica. Estoy casi seguro que el Derecho Canónico no prevee casos como el mío, así que tengo pensado hacerlo públicamente, con sendas cartas a los medios de comunicación más influyentes del país.
Atentos entonces.
